sábado, 7 de febrero de 2009

Los símbolos del éxito

La sociedad presiona implacablemente, despojando sistemáticamente al hombre actual; él ya no tiene nombre: es "el consumidor", de bienes e ideas. El no puede discernir: no tiene acceso a toda la información sino a noticias parciales y tendenciosas; no sabe pensar porque ya no distingue su propio juicio de las opiniones colectivas; no es libre porque tiene miedo. Él reacciona: quiere compensar su vacío, quiere poseer. Y en su locura de posesión se lanza tras valores ajenos a la vida, artificiales y convencionales: los símbolos del éxito. Él perdió como ser humano, y trata de incorporar a su ser mutilado bienes que le son extraños; postizos que disimulan la deformidad pero no la cubren. Comienza por confundir el éxito con la posesión de los símbolos convencionales y, al fin, termina por confundirse él con los símbolos que exhibe.
Él no dice: tengo dinero; dice: soy rico. No sospecha lo que significa ser rico. No dice: conozco esta profesión; dice: soy médico, soy abogado, soy ingeniero. Se identifica con un símbolo que al final es una placa en la puerta, un nombre con un "Doctor" delante, que le dice a él quién es, en vez de manifestar, simplemente, aquello que sabe o administra.
Pierde su identidad; piensa, siente y actúa en función de los símbolos de turno. Estos símbolos no se cuestionan: estamos programados hacia el éxito exterior y superficial. Pero lo artificial y convencional, ajeno al hombre y a la vida, no puede poseerse; solo lucirse.
El ansia de signos exteriores puede satisfacerse masivamente. Los símbolos del éxito se producen en serie, desde el dinero en billetes hasta los automóviles de lujo.
Mas el anhelo de plenitud no se sacia con bienes exteriores ni símbolos convencionales. La necesidad interior de realización se satisface individualmente, en forma profunda, por el ser mismo.